Con la más firme de mis pasiones
declaro:
que en la paz pueden verse
tan distantes como pajaritos y adoquines:
un descanso devenido largo como domingo,
y otra paz armada a fuerza de ladrillazos.
De todos modos,
firmesé,
aclarecé,
y archivecé,
que puesto que al fin y al cabo
paz hubo y habrá pocas,
hasta nuevo aviso
los adoquines como los pingüinos
son pájaros bobos con las alas cortas.
Ya, tristeza, te no más quiero,
Te si menos dolés conmigo, sentás un poco,
Vivar para no, constantemente,
Te trajo aliento el soplo, que,
Te quedás mirando, si, solés dolár,
Con vos traé, más vale, los nombres,
Que traigo yo, un par de sillas.
Te doy la bienvenida. Así como una llave para entrar al mundo amurallado hasta la orejas de otras puertas de otras llaves de otros mundos que no me sé (porque no se agotan.) La bienvenida así como un asunto injustificable que de solo ser se alcanza Medio así como responderse a sí mismo La voluntad de despegar de la punta de la lengua (como un panqueque) algo sabido y olvidado. La bienvenida medio así como un evento sin teje y maneje sin especulaciones vagas La bienvenida así como mirarse para entrar al mundo. O cayendo de un portal negro Dos hacia uno mismo La bienvenida como un objeto perecido con la sombra misma de su propio peso Bienvenida como llamarse por su propio nombre por si en una de esas me escuchara.
Si vieras
como yo
el mismo cacho de cuadra
el mismo cuarto de vereda
Todo repetido en cuadritos
Uno al lado de otro así en hileras
Como un rollo de fotos
Todo multiplicado
Vamos a compartir por lo menos
el terror a lo repetido
Al mismo pedazo de tiempo siempre
infinitas veces.